Los anillos, ese gesto mínimo de defensa: Entrevista a Daniela Ruelas

Por María Rascón

«Un rostro sudado se asoma debajo de las sábanas.
Das otro paso hacia atrás. Explicas el juego.
No, no te vayas. Cierra la puerta y ven. Aquí no te encuentran.
Su sonrisa te da certeza. ¿Y si ganas este juego?
Tu primo hace a un lado las sábanas a modo de invitación.
A Gustavo no se le ocurriría buscar en el cuarto de Miguel o Carlos. Sigues sin
saber cuál de los dos es.
Las sábanas son azules. Huelen diferente a las de tu casa.
«

1. Eres de las pocas autoras que sigue escribiendo sus historias a mano, ¿por qué razón?

Para mí, escribir a mano crea una pausa inmediata y me hace consciente de la relación entre lo que escribo y el aspecto corpóreo del acto de escribir. El cómo estoy sentada, cuánto tiempo llevo frente al texto, cuántas veces he tachado y vuelto a escribir… La página física no tiene backspace; no hay ctrl Z ni copy-paste. Cada error y cada imprecisión se siente físicamente en la mano dominante. Asimismo, también me ayuda al momento de procesar mis ideas. A veces mis pensamientos van muy rápido mientras que en otras, simplemente no los logro concretar. Entonces, escribir a mano establece un ritmo para desacelerar o precisar aquello que necesita estar en la página. Otro aspecto importante a considerar es que el papel y la pluma no tienen distractores; son el medio y son el fin. No hay pantallas, no hay redes sociales, ni juegos de solitario o correos por atender. Si te distraes al estar frente a una página en blanco, te distraes con tus propios pensamientos y eso mismo puedo ser una forma de pre-escritura.

2. ¿Qué significa la literatura para ti?

Esta es una pregunta sobre la cual tuve que reflexionar un par de días. La manera más sencilla (o tal vez ni tan sencilla) en que lo puedo explicar es que la literatura, en sus diferentes expresiones, es mi lugar feliz. Si bien representa una fuente de conocimiento, empatía y creatividad, leo y escribo principalmente porque me da paz y porque cada texto, además de ayudarme a aprender algo nuevo sobre mí, me deja un poco de crecimiento personal.

3. ¿Cuáles son los libros de tu biblioteca que más atesoras?

Le tengo un cariño especial a los libros cuyos autores tuve la fortuna de conocer en una lectura o presentación. Algunos títulos que tienen un lugar particular en mi estante, que me hicieron amar la lectura todavía más porque sus palabras tomaron vida frente a mí de la boca del autor, son de autores como Lex Williford (Superman on the Roof), Elena Poniatowska (Hasta no verte Jesús mío), Jericho Brown (The New Testament), Sasha Pimentel (For Want of Water and Other Poems), Sylvia Aguilar Zéleny (Basura), Benjamín Alire Sáenz (Everything Begins and Ends at the Kentucky Club), Ángeles Mastreta (Mujeres de ojos grandes) y Cristina Rivera Garza (La imaginación pública).

4. ¿Al escribir, cuáles son las temáticas que te fascinan?

En mis últimos textos he estado explorando las diferentes formas de violencia: física, emocional, psicológica, mental… Esto ha sucedido de manera casi desapercibida; no me di cuenta hasta que me puse a pensar en lo que tenían en común. Lo que sí noto que sucede de manera concienzuda es que usualmente escribo a partir de un personaje que viene a la mente y no de una situación o evento. Los personajes que están en constante búsqueda son los que suelen tener mayor aliento en mi imaginación. Todos ellos (o casi todos) están explorando sus relaciones personales, lo que estas conllevan, los sacrificios que generan y el crecimiento que dan.

6. ¿De qué idea o germen surge tu último libro, Los Anillos?

¡SPOILER ALERT! La idea de Los anillos surge a partir de una resignificación del objeto. Hace unos años una mujer fue atacada en el puerto cerca de la ruta que yo tomaba para ir a correr. Comenzaron a surgir detalles de lo que sucedió y yo podía visualizar el camino que ella había tomado, el árbol cerca del que pasó, la ropa que traía puesta, la sorpresa que debió haber sentido, el dolor que surgió de ello… Dejé de hacer esa actividad unos días porque me di cuenta que ya no me sentía segura; yo pude haber sido esa mujer que corría a esa hora por esa ruta pero llegué a sentir que no lo fui por mera coincidencia. No recuerdo la fecha pero recuerdo que al enterarme uno de mis pensamientos fue: “Yo ese día a esa hora estaba haciendo otra cosa”. Al ver la posibilidad de peligro tan cerca de mí, me pregunté qué podría llevar conmigo (algo ligero que no pesara tanto, pero que sirviera de ayuda) para poder defenderme en caso de ser necesario.

Comencé a prestar atención a los diferentes objetos que ya tenía en mi entorno y un día llegué a una joyería en el centro de mi ciudad natal. Justo ahí, vi un anillo bonito y abultado que llamó mi atención inmediatamente. Lo primero que pensé fue: esto podría utilizarlo como arma; esto me podría salvar la vida. Entonces vinieron las preguntas sobre la mujer que corría. ¿Ella había tenido anillos o algo parecido? ¿Le habrían ayudado? ¿Por qué necesita anillos? ¿Por qué no puede ella, y yo y otras, ir a correr por el simple hecho de querer ir a correr sin sopesar la posibilidad de un ataque brutal y un atentado de violación?

Desde entonces, ya no me pude sacar la idea de la cabeza. No quise saber el nombre de la mujer, aunque varios de mis conocidos la identificaban; me causaba un peso que en ese momento no podía cargar, me derrengaba. Por eso mi protagonista, la Chiquis, no tiene nombre, ni medidas, ni descripción de sus características físicas. Porque, narrativamente, no importaba. Desafortunadamente, Chiquis podríamos ser cualquiera de nosotras; independientemente de dónde estábamos y qué traíamos puesto y si somos morenas, chaparras, güeras, altas… Muchas de nosotras hemos estado en una situación donde necesitamos algo más que un anillo.

Ese objeto se convirtió en el gesto mínimo de defensa; es la manera en que observamos las sombras en el suelo mientras caminamos solas, la prisa con la que cambiamos de acera al ir por la calle, la elección del asiento en el transporte público, la manera en que empuñamos nuestras llaves al momento de abrir la puerta de la entrada… Es un comportamiento aprendido de generación a generación que las mujeres pasan a sus sobrinas y sus hijas y sus nietas porque sabemos que llegarán una edad en la que ir caminando en la calle conlleva más actos que el ir caminando en la calle.

6. ¿Qué aprendiste de Los Anillos?

Yo creí que era una persona disciplinada al momento de escribir, pero ándale que no es cierto. El primer esbozo general de la novela lo escribí en el transcurso de un verano, en las vacaciones, y estaba muy consciente de que cuando volviera a entrar a trabajar, ya no podía dedicarle tanto tiempo del día a la obra. Entonces tuve que disciplinarme, realmente disciplinarme, para avanzar lo más que podía. No terminé toda la obra pero tenía lo suficiente para enfocarme en las revisiones durante el transcurso de los próximos meses (lo cual también conlleva dedicación y atención). Esta obra es mi primer libro publicado y ha sido interesante ver las reacciones de los lectores y cómo poco a poco va llegando a más gente.

7. ¿Actualmente estás escribiendo algo nuevo?

Voy a confesar que en el transcurso de esta pandemia no he podido escribir de manera creativa como lo hacía antes. Tengo textos pequeños, pero no obras o proyectos concretados. No sé si le pasa a otra gente pero siento que si bien soy de las personas afortunadas que pudo mantener su trabajo y llevarlo a cabo desde la virtualidad, esta conlleva un agotamiento mental y emocional que no había experimentado antes.
Al finalizar la jornada, tanto mi cerebro como mi cuerpo me piden un momento de quietud y descanso a pesar de que la única actividad física fue estar sentada frente a la pantalla. Sin embargo, una de las ventajas de esta virtualidad es que he podido tener acceso a talleres literarios de personas que admiro; los cuales no podría haber tomado de manera presencial por cuestiones de distancia y tiempo.